miércoles, 10 de junio de 2015

Lecciones postelectorales



Lecciones postelectorales
Carlos Murillo González

El proceso electoral del 2015 en México será sin lugar a dudas, un caso paradójico de “democracia” capitalista para el siglo XXI donde confluyen todos los elementos de esta farsa (represión, militarización, corrupción, fraude, engaño) con la máscara idealista de libertad, progreso, bienestar, igualdad, etcétera.     

Abstencionismo

La primera característica es la ausencia de votantes en las urnas. Tanto en los países de Europa occidental, como en Estados Unidos, por ejemplo, la participación electoral es más bien baja, con sus excepciones y coyunturas. El abstencionismo es pues un elemento importante en consideración del orden y planes de la clase dominante legitimada a través de las votaciones periódicas. El abstencionismo es señalado, culpabilizado, pero nunca trabajado, por que eso significaría el fin del actual régimen.

Voto nulo

En este caso el voto nulo juega un doble papel: se abstiene de elegir, pero participa. Es un abstencionista político o votante arrepentido que usa la boleta para manifestarse. Sin embargo tanto el voto nulo como el abstencionismo en general no son tomados como un síntoma social de malestar y hartazgo o fracaso, lo cual es obvio, sino son parte de la estrategia para mantener el poder político-económico. A final de cuentas, es una minoría la que elige y decide.

Participación electoral

Por el contrario, la participación electoral es cada vez más fácilmente identificable por su continua o constante disminución. Quiénes votan y por qué votan, se vuelve un ejercicio de militancia, de personas con una conducta moral más bien conservadora y, sobre todo, de quienes ven en la política una oportunidad de trabajo o negocio. Una mayor participación se anticipa cuando aparece algún líder carismático en la contienda, pero su efecto termina con el líder mismo.

Fraude electoral

El fraude electoral inicia desde las entrañas del sistema, su estructura y forma de organización y acción avaladas por las instituciones estatales y con el uso de las mismas. La tecnología juega un papel importante para ganar lo que no se pudo lograr en las urnas, como es el uso de softwares para el conteo de votos. La televisión sigue siendo fuente principal de enajenación, politización y particularmente, despolitización de masas y por si esto no fuera suficiente, no existen o promocionan formas de rendición de cuentas y castigo a quienes detentan cargos públicos. El equilibrio del poder favorece a quien concentra la riqueza, monopoliza la política y ejerce la violencia “legítimamente.

Violencia y democracia

Ese elemento perturbador que sería antagonista de la vida democrática, es protagonista en el capitalismo. Lo vemos en los noticieros, en los periódicos, y lo peor del caso, lo vivimos en carne propia. La tendencia política en esta etapa neoliberal del capitalismo consiste en imponer un Estado policiaco en detrimento de las libertades y derechos humanos. No importa el nivel de violencia, las elecciones se mantienen como garantía de lo mismo. Es un juego perverso, un negocio redondo, donde quien te vende seguridad es el mismo que te la genera.

Legalidad y legitimidad

Al no tener el respaldo de la mayoría, la legalidad se hace importante para esconder la ilegitimidad de un gobierno o representante impulsado por la minoría. Leyes e instituciones se crean para garantizar la voluntad popular, pero es ésta la primera que traicionan. La legalidad sin legitimidad es equivalente a una dictablanda, donde la sociedad vive en una situación delicada de relaciones asimétricas de poder. El presidente podrá ser un criminal y un asesino, pero primero será el presidente, esa es la realidad de este tipo de democracia.

 Así pues…

Difícilmente a un régimen político como el mexicano se le puede considerar democrático (no existe todavía un gobierno de la sociedad para la sociedad). A la sociedad mexicana, mayoritariamente conservadora, le precede una cultura autoritaria y machista, de la cual surge a la vez, las voces de protesta y emancipación. Esa transición se ve interrumpida y a la vez es causa del surgimiento de movimientos sociales por el constante retroceso y violación a los derechos humanos en distintos lugares del país.  


Síndrome de Estocolmo

La sociedad mexicana está enferma de apatía y acostumbrada a la violencia. De una sociedad así de enferma, es necesario, urgente, curarse así misma, primero, reconociendo las graves deficiencias cívico-políticas-sociológicas de nuestra formación familiar, escolar y cultural. Cuando las personas recurren a votar por el partido que les hace daño, por el sistema que las maltrata y mata, por voluntad propia o comprada, desarrolla una relación emocional con su agresor (como en el síndrome de la mujer golpeada) es una respuesta defensiva, de supervivencia que a la larga le perjudica grandemente.

La política no es racional, ¡también es emoción!

Pero los números no mienten, el abstencionismo es el gran protagonista de la historia electoral mexicana. ¿Quiénes son esos, esas que no votan?, ¿estarán ausentes de otras manifestaciones públicas? Por lo pronto, es más sencillo identificar a quiénes sí votan y por qué o quién.


FALTAN 43

viernes, 5 de junio de 2015

Abstencionismo, México, 2015









Abstencionismo, México, 2015
Carlos Murillo González


Parecía una elección “normal”, de esas que no atraen tanto a la gente por que son intermedias  (para renovar la Cámara de Diputados) y en algunos estados, para presidencias municipales y gubernaturas. De repente el debate sobre el voto nulo y el voto útil en los reducidos ámbitos intelectuales, pero luego la presencia de lo hardcore en Guerrero, Chiapas y Michoacán. El boicot de las elecciones ha iniciado.

El derecho a votar o no votar

La constitución mexicana nos otorga el derecho al voto a la ciudadanía mayor de 18 años, mas no así el deber de votar. Precisamente es una obligación moral cuya decisión de abstenerse no está sujeta a castigo. En las democracias electorales contemporáneas, mayoritariamente occidentales, la vida democrática de la mayoría se reduce a depositar un voto cada determinado tiempo para continuar o cambiar con un régimen político-económico. La realidad de esta manera de organización falsamente llamada “democrática” es sobre todo psicológica: da la sensación de orden en un juego de ganar o perder a modo de apuesta. Todo está bien mientras se mantenga la seguridad, las instituciones, las y los líderes, etcétera.       

Despolitización, apatía y analfabetismo político

El grueso de la población mexicana difícilmente puede considerarse ciudadanizada; es decir, no es una sociedad consciente de sus derechos y obligaciones, apenas apurada por el gran esfuerzo que implica la supervivencia diaria, en el caso de los sectores más marginales, o enfocada totalmente hacia el individualismo egoísta en lo económico y pragmático en lo político en los sectores aburguesados y agringados. Ese es el principal obstáculo para una democracia que no aspira a la igualdad ni a la libertad: inmensos sectores a los cuales engañar o corromper, como sucede en los EEUU (país abstencionista por excelencia).

La agenda de Washington

Los intereses de los EEUU en México son cada día más claros: somos sus aliados, además de sus vecinos, y sobre todo, una rica fuente de recursos naturales, no renovables y humanos. Para la supervivencia de la gran potencia, México es indispensable, igual que Canadá y casi por los mismos motivos. Por lo tanto, el sistema político-económico-militar debe ser similar,  o sino será absorbido por el imperio, como parece ser el trasfondo de la ruta iniciada con la “guerra” contra el narco. Washington sabe muy bien el tipo de canallas que dirigen al país, mientras estos le sigan entregando las riquezas de la nación a sus empresas e intereses bélicos, no harán nada para cambiar este tipo de democracia.

Un sistema hecho para agandallar

El fraude electoral sigue siendo un hecho consumado en México. Ningún partido juega limpio y los que pretenden hacerlo por que así les favorece la preferencia electoral, no saben defender sus triunfos. Muchas personas saben que no se respeta el voto, que se compra la voluntad de las personas, y al desconocer la vida democrática, reproducen la cultura política del autoritarismo, el machismo, la intolerancia religiosa y de género, además del racismo. Es una situación favorable para el orden jerárquico, pero no para una organización políticamente sana, socialmente saludable. El fraude va desde las promesas de campaña (el futuro no se puede controlar) hasta el software que contabiliza y redistribuye los votos a favor de “x” candidato(a).   


Las encuestas y las campañas

En el entramado de la “lucha” electoral y sus jugosos premios (sueldazos, fuero, relaciones de poder, nula rendición de cuentas, viajes, etcétera) las y los candidatos se convierten en el mejor de los casos, de gentes bien intencionadas a futuros y comprobados tiranos, con sus honrosas excepciones. En general las propuestas de campañas para esta elección son igual de pobres y simplonas como las de siempre. Las encuestas por su parte están supeditadas a quien las paga y habría más de una razón para dudar de ellas en un país donde la mayoría de la gente no vota. Por eso las tendencias de las encuestas son más bien tendenciosas y no reflejan la realidad de un país despolitizado.    

Ganarle al PRI

Participar en la farsa de las elecciones significa de antemano, legitimar el régimen y por lo tanto, al PRI. Es muy complicado ganarles electoralmente, pues cuentan con las instituciones de su lado, principalmente los electorales, sus partidos satélites (PVEM y Nueva Alianza) un verdadero ejército de “promotores”  (golpeadores) del voto, organización territorial y harto dinero para las campañas políticas. Al PRI no se le puede ganar a la buena y menos en un terreno que conoce bastante bien, pues lo ha construido a su modo. ¿Qué el PRI gana con el abstencionismo? Claro que sí, como también lo hace con cada elección. El PRI vive por y para las elecciones.

Propuestas

Si el camino electoral no es la respuesta, entonces cuál es. Hay muchas maneras de organización sociológica fácilmente identificables, desde las luchas armadas (rebeliones, revoluciones, golpes de Estado…) hasta las pacíficas (huelgas, insurgencia civil, boicots…) pasando por las institucionalizadas (plebiscitos, referéndums, revocación de mandato…) y, aunque no lo crea, fenómenos como el abstencionismo pueden hacer cambiar un sistema, pues es ridículo simular una democracia donde nadie vota. Por lo pronto ya tomaron la iniciativa las y los profesores de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE) particularmente en Chiapas, Oaxaca y Guerrero.

FALTAN 43


viernes, 29 de mayo de 2015

Votar o no votar y La sociedad anónima VENTA



Estimados(as) lectores:


Dos textos fundamentales para conocer el fenómeno del abstencionismo electoral en Ciudad Juárez y comprender de paso el abstencionismo por venir en México.

Envío gratis a toda la república mexicana.






La sociedad anónima es una investigación sociológica de corte cuantitativo y georeferencial. ¿Existe la abstención electoral? Sí y va a la alza. El abstencionismo no es un fenómeno nuevo, pero hasta hace pocos años no se habían realizado estudios serios sobre el tema. El texto no sólo brinda la oportunidad de conocer a fondo el abstencionismo, sino también ofrece generosos datos geoestadísticos de la participación electoral en Ciudad Juárez y el contexto histórico en que se desarrolla. Uno de los primeros libros escritos en México sobre el tema del abstencionismo.  




Votar o no votar es un estudio sociológico cualitativo pionero en su género. Contiene decenas de entrevistas grupales e individuales, un anexo de mapas y recomendaciones generales para el IEE (Instituto Estatal Electoral de Chihuahua) partidos políticos y ciudadanía. Un libro clave para comprender la cultura política del(a) juarense, su opinión política y el papel de las instituciones encargadas de promocionar la participación democrática.

Para una síntesis más amplia de ambos libros, dé click en sus respectivos banners a la derecha de este blog.

miércoles, 27 de mayo de 2015

50 años de La democracia en México



50 años de La democracia en México
Carlos Murillo González

Frente al México organizado del gobierno (con su sistema presidencialista, su partido, sus uniones de trabajadores) y frente a los sectores de poder, también organizados (como el ejército, la iglesia, los empresarios nacionales y extranjeros) hay un México que no está organizado políticamente.
Pablo González Casanova


En 1965 aparece la primera edición del libro de Pablo González Casanova La democracia en México*, el primer estudio sociológico donde se somete a prueba las condiciones de vida de las y los mexicanos en un régimen de apariencia democrática. ¿Ha cambiado algo desde entonces?

El texto, terminado en mayo de 1963, es un amplio y rigoroso examen estructural de la economía, la política y la sociedad del México posrevolucionario. Para el lector(a) actual, acostumbrado al uso superficial del concepto de democracia, le parecerá raro encontrar dicha palabra mucho después de comenzada la lectura y en cambio entrar de lleno a la cuestión político económica con referencias directas de los indicadores más cercanos y confiables de la época, principalmente el Censo de 1960, así como anuarios estadísticos y otras fuentes de cuantitativas relevantes.

Se trata pues de una investigación de amplio alcance, hasta entonces algo inédito en el país, sobre el desarrollo de la democracia en base al desarrollo económico; los datos duros permiten ver un México marginal en muchos aspectos tan sensibles y básicos como la alimentación, el vestido y la educación. Es también un retrato de época, de la transición de una sociedad rural a una urbana. Las zonas rurales del siglo XX son tan marginales como las actuales; la diferencia es su ponderación poblacional: en 1960 representaban casi la mitad de la población (hoy son menos de la tercera parte).     

Para quienes gusten de los datos electorales, González Casanova ofrece varios
apartados interesantes que muestran comparativos por elección y porcentajes de participación. Hay también una crítica a la democracia capitalista y las aspiraciones burguesas de las élites económicas y políticas por mantener una situación favorable a sus intereses. Muestra lo que él llama un “México precapitalista y predemócrata” (página 187). Es la última etapa del “Milagro mexicano”, de la industrialización del país a partir de la sustitución de importaciones iniciada en los años cuarenta con motivo de la Segunda Guerra Mundial.

También entonces nota una atomización social, una distorsión política fruto del analfabetismo y el conservadurismo mexicano. Hacia esas fechas la protesta social y en general, inconformarse, demandar o exigir públicamente y organizarse para ello, son considerados más como actos delictivos que como derechos democráticos, tanto por el Estado, obvio, pero también por la sociedad. La tradición cultural autoritaria mexicana atraviesa clases y estratos para mezclarse con la apatía política, la sumisión cívica y lo que hoy llamaríamos el desencanto con las instituciones democráticas.  También para entonces es notable ya la penetración e influencia de los Estados Unidos en la vida del país: desde la inversión privada hasta la invasión cultural y por supuesto, la dependencia económica.

El análisis de las estructuras del poder político, sus actores y dinámicas, están representadas como fuerzas desiguales, donde el monopolio del poder se centra en alrededor del Partido Revolucionario Institucional (PRI) y el presidencialismo, pero subsisten a la vez partidos de oposición, movimientos sociales, organizaciones patronales, caciques regionales y un clero y sector católico de derecha todavía muy influyente,  según el autor, con tendencias fascistas. El gran actor marginal, el gran explotado, es el indígena, como ya se habrá imaginado el lector(a).

Las grandes ausencias en La democracia en México son los jóvenes, las mujeres y los medios de comunicación, quienes ahora juegan importantes roles en la sociedad del siglo XXI.  No obstante González Casanova reivindica que “No habrá otra revolución en México (y de ello es necesario tener plena conciencia) sino cuando la estructura social sea incapaz de resolver los problemas urgentes del desarrollo de la nación y cuando se hayan agotado las posibilidades de una lucha cívica” (página 96). Faltan datos sobre televisores, radios y su cálculo de usuarios, pues sería interesante conocer su penetración cultural por insignificante que fuese. En cambio el texto nos ofrece el número de tirajes de los principales periódicos a nivel nacional y estatal, pues se contaban por millones, algo inaudito en la actualidad.

Si al leer La democracia… siente que ha regresado al pasado, entérese que no ha salido de él. Ese pasado es el presente extendiéndose en el tiempo en un camino lento y tortuoso. La gran contribución de González Casanova es interpretar la democracia no sólo desde lo electoral, institucional y jerárquico, sino de atraer la atención sobre el problema de la desigualdad, la pareja del binomio libertad-igualdad básico de cualquier democracia. Por eso la legitimidad de la democracia en México se desmiente: por su enorme rezago social. 50 años después, La democracia en México de Pablo González Casanova nos sigue recordando las contradicciones mexicanas vigentes a la fecha, ¿qué haremos al respecto?



*Pablo González Casanova, La democracia en México, Ediciones Era, Vigésima reimpresión, México, 1995.

jueves, 14 de mayo de 2015

Enajenación y elecciones







Enajelecciones
Carlos Murillo González


Ciudad Cárcel, Chihuahua, primavera del 2015


El tiempo transcurre detenido en el siglo XX. Empieza un ciclo electoral, termina otro. El único momento en que la “política” está permitida: la “ciudadanía”  “participa” en prácticamente una de las pocas opciones pacificas para ejercer al menos, un posicionamiento.

El porfiriato no se ha ido, regresa con refuego neoliberal a proseguir el saqueo de la nación, ahora en su versión transnacionalizada. Al menos Díaz era un nacionalista, mientras sus herederos del PRI, PAN, PRD y demás, equivalen a los Conservadores del siglo XIX, los mismos que trajeron a Maximiliano y Carlota. Con el México independiente se celebran elecciones más o menos periódicas, para terminar con la farsa electoral porfiriana en teoría sepultada, ya entrado el siglo XX. El siglo XXI todavía no empieza.

Todavía hay muchos fanáticos de Díaz,  conservadores neoliberales (perdón por el pleonasmo: conservador = neoliberal, así salió el engendro) mutantes clasistas/racistas/misóginos, con aspiraciones aristocráticas, dispuestos a hacer negocios turbios a expensas de la riqueza de la nación, que es patrimonio de todos y todas; o del perjuicio a la salud, economía, cultura y territorio de las personas, así como de daños irreversibles al medio ambiente. Ya no es necesario el virrey cuando se es un protectorado (“aliado”) estadounidense.

Pareciera que ya no es la historia de México, sino la de un país que fue.

Así las elecciones aseguran el tan preciado orden social. Pero, ¿quiénes votan? En el siglo XIX, al menos en el estado de Chihuahua votaban los hombres mayores de veintiún años con alguna propiedad; es decir, terratenientes. Indios, pobres y mujeres estaban excluidos. La revolución de 1910 supuso la teoría del fin del fraude electoral y la reelección presidencial, pero las mujeres alcanzaron el voto hasta 1957 y las y los jóvenes de dieciocho años hacia 1967. Aún así, hoy se vota menos.

Las elecciones son una forma ordenada de simular democracia (gobierno del pueblo) tanto en países capitalistas como socialistas. Las elecciones son una herramienta política, y no per se, un sinónimo de democracia, ¿será que la gente lo sabe? Tal vez no sepa qué es democracia, pero sabe de lo de Ayotzinapa, de la injusticia y de la pobreza. Hoy votan los más pobres y los más ricos por intereses encontrados; en medio una gran masa se desgrana entre votar o no votar; entre el fútbol, las telenovelas y algo que no comprende.
 
La anestesia es eficaz. La gente añora regresar al pasado, a soñados mejores tiempos que nunca existieron. No se dan cuenta que un tal Duarte les está robando su dinero y quitando el futuro a sus hijos e hijas. Prefiere ignorar las atrocidades cometidas en Juárez y la Sierra Tarahumara antes que solidarizarse con víctimas y activistas. Esta es la gente más peligrosa, la más dañada; la posible víctima o victimaria de la constante violencia del Estado policiaco-militar.

Votar legitima al sistema y a la vez es casi el único recurso conocido de participación ciudadana. Una participación sumisa, lacaya, despreciable y despreciada. Las elecciones se han vuelto un desagradable y caro circo que no divierte a nadie, no hace falta promover el abstencionismo, la política está en otra parte.

La lucha de clases la van ganando los conservadores (empresarios, partidos políticos, ejército, iglesia católica) unidos para mantener el status quo por las buenas, y sobre todo por las malas. Las banderas en contra del próximo fracking por venir, contra el feminicidio, el alto a la violación a los derechos humanos o las exigencias de justicia y reparación del daño para tantas personas afectadas por la todavía vigente y censurada “guerra contra el narco” brillan por su ausencia. Esas cuestiones no se ven ni se tocan, mucho menos hechos concretos como las catástrofes de la fábrica Blueberry y el Aeroshow.

En México votar es un derecho, mas no una obligación. Para muchos(as) es un dilema ético, pues implica cuestionarse el beneficio o desperdicio del voto (particularmente su voto) para otro tanto es un esfuerzo inútil, un acto superfluo. Quienes ven la utilidad del voto suelen cuestionar a quienes no lo hacen. Quienes practican una política más allá de lo electoral, suelen criticar a quienes sólo votan. Una vasta parte de la sociedad no lo hace por motivos mucho más humildes (despolitización social y analfabetismo político) que a veces ni alcanza a comprender.

La democracia es una bandera política de lucha tanto de izquierda como de derecha. Los primeros buscan la horizontalidad, la igualdad de las mayorías de manera equitativa. Los segundos enfatizan el lema de la libertad (sobre todo económica) basada en el individuo y el orden jerárquico. La democracia electoral es una herramienta política para legitimar regímenes, nada más. Si quiere democracia, la tiene que aprender desde niño(a) en la casa, la educación u (opcional) la religión, pero todos sabemos que la familia, la escuela y la iglesia, suelen ser instituciones más bien autoritarias.

Hay además otras formas de hacer democracia o ir más allá de ella: autogestión, autonomía, acracia, tribunales populares, cooperativas y cuando éstas fallan, también están las protestas y mítines, la resistencia civil pacífica, el boicot, la revocación de mandato, el plebiscito o el referéndum. La democracia es mucho más participativa que sólo salir a votar.