martes, 15 de junio de 2010

Ciudad Juárez, periferia de México


(Tomado de la revista Sapiencia, Sociedad en movimiento, UAM-Azcapotzalco, México, 2010, número 5, pp 22-27) 



Las fronteras suelen ser lugares enigmáticos donde se delimita el fin o el inicio de algo. Esta particularidad las convierte en el imaginario colectivo como peligrosas, pero a la vez atractivas y da también pie para mitos y leyendas de todo tipo. Las fronteras políticas además, establecen límites de interacción y se prestan para la representación simbólica de la hegemonía de un pueblo, nación o sociedad. En el caso concreto mexicano las fronteras, tanto del norte como del sur, son delimitaciones periféricas de la nación que marcan también las deficiencias y límites del Estado.

Esta otra cuestión, la frontera comprendida como periferia, tiene una connotación socioeconómica y política que reproduce de manera cruda la realidad de esas mismas condiciones a escala nacional. La frontera periférica concibe bajo el mismo concepto lo más alejado del centro político en la misma manera que una periferia urbana: conforme se avanza hacia los extremos (hacia la periferia) se evidencia el abandono, la marginación, la invisibilización de la sociedad que vive en el límite: se le excluye de las decisiones políticas, de los beneficios económicos; se le condena al ostracismo y se le deja prácticamente a su suerte, a lo que su imaginación, esfuerzo y creatividad le proporcionen para salir adelante.

En el caso de las ciudades de la frontera norte, donde se ubica Ciudad Juárez, se les acusa además, de ser proclives a la cultura estadounidense en detrimento de la cultura mexicana, en lo que algunos llaman la “pérdida de la identidad” percepción por demás falsa, pues pese a que efectivamente existe una influencia estadounidense muy comprensible sobre todo en ciudades hermanas como Juárez-El Paso o Laredo-Nuevo Laredo, unidas por lazos económicos, culturales y hasta familiares, también es cierto que existe una conciencia y defensa de la mexicanidad en ambos lados de la frontera, así como no es muy diferente la población pronorteamericana de Juárez a la de la Ciudad de México, Chiapas o Guadalajara, con la única diferencia y con la cual se señala a los fronterizos como más proclives a, es precisamente por vivir en frontera.

De las ciudades de la frontera norte se destacan algunas peculiaridades que las distinguen como una región común: su economía maquiladora y transfronteriza, su marcado urbanismo (más en cuanto a vivir en ciudades que en la calidad de las mismas) su pronunciada migración constante y su a veces estrecha relación, con todo y conflictos, con sus pares estadounidenses. La frontera norte es sinónimo de progreso económico en cuanto a su dinamismo maquilador, de ahí el doble atractivo para las y los connacionales no fronterizos: como trampolín hacia el otro lado y/o como fuente de empleo en caso de imposibilitarse la primera opción. Pero también es sinónimo de vejaciones, racismo, chovinismo, violencia, narcotráfico y muerte; a pesar de ser ciudades más relajadas en sus relaciones sociales de clase y con posibilidades de prosperidad económica para las y los migrantes, existe una suerte de morbilidad que sopesa la balanza de la justicia y el rostro oculto de la cultura mexicana: aquí no se pueden ocultar la heterogeneidad de lo mexicano, como tampoco se puede ocultar el recelo al recién llegado, que al igual que en las ciudades de la frontera sur norteamericanas, depositan en el/la migrante, todo lo malo de sus infortunios y en tiempos de crisis económicas y sociales, son sus principales sospechosos y víctimas.

Ciudad Juárez es la ciudad fronteriza más grande con su 1.3 millones de habitantes, según datos del II Conteo Rápido del INEGI en el 2005. Es el principal empleador maquilador a nivel nacional, por lo menos hasta el 2007; sede del gobierno liberal en el siglo XIX (de ahí su cambio de nombre en 1880 de Paso del Norte a Ciudad Juárez) cuna de la revolución social de 1910 (la toma de Ciudad Juárez marca el fin del porfiriato) cuna de la lucha por la apertura democrática y el respeto al voto en México en los años ochenta (movimiento que coadyuvó a la creación de un IFE ciudadanizado) pero también es el lugar al que se le debe el mote de la ciudad más perversa, por su gran cantidad de cantinas y bares (alguna vez la ciudad mexicana con mayor cantinas per capita) la que inspira el concepto de feminicidio, por la gran cantidad de mujeres asesinadas en los últimos años; actualmente la ciudad más violenta de México (más de dos mil asesinatos del 2008 a la fecha) debido a la tristemente célebre “guerra contra el narcotráfico“ precisamente por ser uno de los principales corredores de droga hacia Estados Unidos. Además es una de las ciudades más abstencionistas del país (la última elección del 2007 arroja una participación electoral del 28.9%).

Pionera también en la alternancia política del poder, el binomio PRI-PAN se sucede desde la década del ochenta del siglo pasado a la fecha; la ciudad no ha conocido, pese a la apertura democrática, más gobiernos que los de perfil empresarial y de corte neoliberal. Tierra árida y de clima extremoso, hay que aprender a amar al calor y al frío por igual para poder vivir aquí. La violencia, siempre presente desde tiempos de la Conquista y la Colonia, en la actualidad se desprende de la combinación de corrupción gubernamental, narcotráfico, la crisis económica (que particularmente ha azotado a las ciudades globalizadamente maquiladoras como Juárez) en una suerte sociológica de anomia, donde las leyes no se aplican ni respetan, poniendo en evidencia la mediocridad gubernamental, el metapoder de los cárteles de la droga y contradictoriamente también, la resistencia silenciosa y heroica de una sociedad que a pesar de todo sigue trabajando y viviendo en esta frontera, por lo cual el Estado de derecho no ha llegado a desbocarse totalmente.

La ciudad también se destaca por ser campeona nacional en consumo de cerveza, campeona latinoamericana en consumo de coca-cola; destaca en los primeros lugares nacionales en morbilidad de enfermedades como la diabetes, la hipertensión, depresión y cardiovasculares, además de ser, junto con Chihuahua como estado, los primerísimos campeones en obesidad infantil; también como estado, destaca en ser el menos asiduo a la lectura en estudiantes de secundaria a nivel nacional y uno de los de menor cobertura estructural a nivel preescolar. La mitad de su población percibe entre uno y tres salarios mínimos mensuales, pero eso sí, estamos en la media nacional de escolaridad (8.3 años equivalentes a segundo de secundaria).

En la actualidad, o mejor dicho, en los últimos años, la ciudad toma relevancia mundial por los cientos de feminicidios ahora sumados a los asesinatos del hampa, que combinados coinciden por la gran cantidad de casos sin resolver (casi todos) así como por la aparición de otros delitos anteriormente desconocidos en la región, como los secuestros, las “cuotas” de protección a negocios, así como por el gran incremento de delitos de todos los rubros. Según diarios estadounidenses, unos cien mil residentes juarenses han cambiado su residencia a ese país a raíz del incremento de la violencia. La vida nocturna, antes dinámica y emblemática de las y los juarenses, hoy es una nocturnidad desierta y peligrosa, atractiva sólo para los aventureros y para quienes no tiene otra opción. Los pocos centros nocturnos se ven vacíos la mayor parte del tiempo.

Si los acontecimientos históricos son los que marcan a una ciudad, en Juárez los contrastes de su historia la colocan entonces como un lugar dialéctico. Por alguna razón, tal vez por la misma condición de vivir en frontera, esta ciudad se adelanta a lo que luego viene a suceder en el resto de México: como se comentaba anteriormente, los acontecimientos electorales, por ejemplo, incentivan la movilización ciudadana cuando el fraude es evidente, pero mientras no es así, la participación electoral es mínima. La militarización experimentada desde el 2008, por otro lado, hace alusión a un Estado de excepción no declarado, donde los abusos militares se suman a la violencia del narco; los gobiernos locales (municipal y estatal) se distinguen por su debilidad y corrupción; las maquilas huyen hacia la nueva mano de obra barata de China o revientan ante la debacle neoliberal, mientras la sociedad todavía no despierta del letargo, pese a verse acorralada por varios frentes violentos: el del narco, el del Estado y el de la crisis mundial económica, además del permanente recelo de nuestros vecinos paseños, que han sumado una nueva cerca al Río Bravo en el último año. La condición de frontera permite el abuso de la distancia, la nota amarillista, el morbo mundial, pero muy poca solidaridad, ni siquiera de los connacionales.

La enajenación juarense se percibe en su falta de arraigo e identidad con una ciudad que casi toda su vida ha avanzado contra su bien fundamentada mala fama; difícil es la comparación con El Paso y la admiración a todo lo norteamericano, pues siempre sale perdiendo lo local y mexicano; al igual que otras urbes, el fútbol, las bebidas embriagantes, el internet y la televisión son las principales causas de alienación. La despolitización de la sociedad, principalmente de las y los jóvenes, no avizoran un futuro prometedor, sino sumiso. Todo alrededor se observa decadente, sin futuro y sin remedio, según las opiniones de la gente común; de las religiones, la mayoritariamente católica se perfila en mantener una feligresía abandonada a su suerte y en busca de otras opciones religiosas; las religiones protestantes y protocristianas recogen a las y los decepcionados del catolicismo con sus cientos de templos diseminados por toda la ciudad. Las universidades y tecnológicos, públicos y privados, siguen maquilando profesionistas para la maquila, casi totalmente desconectados de las otras realidades y necesidades locales. El obrero maquilador se desconoce como tal, ahora es un orgulloso operador de los cientos y miles que trabajan en esa industria, esperando las navidades para retornar a su lugar de origen en Veracruz, Durango o Centroamérica. La anteriormente bonanza económica de la maquiladora permitía enajenarse sin los contratiempos de la militarización y la guerra contra el narco; ahora sólo queda abandonar la ciudad.

Salir de la ciudad, ya sea de visita, negocios o de retorno al lugar de nacimiento, representa llevar consigo el estigmatismo de vivir o haber vivido en Juárez: si eres hombre, te expones al rechazo, la sospecha, la desconfianza de ser un violador o narco en potencia; si eres mujer, a la conmiseración o el señalamiento de ser víctima o responsable de las violaciones feminicidas. Si antes la expectativa del norteño subyacente en la identidad del fronterizo juarense se consideraba sinónimo de dinero y bonanza, hoy es sinónimo de recelo ¡cuidado con los juarenses! La mala fama disemina en todas las direcciones las leyendas de los últimos años.

Podría seguir describiendo la periferia de México en la realidad de Ciudad Juárez, pero no es posible hacerlo en un solo y sintético ensayo. Para concluir, baste decir que Juárez es un verdadero laboratorio para lo que se guste investigar, los problemas sociales abundan y es una especie de paraíso sociológico para todo aquel o aquella que busque en este campo respuestas a las interrogantes sociológicas, poner a prueba las teorías o simplemente introducirse en una realidad a veces surrealista y antitética, pero casi siempre cruda para quien todo lo conoce en los libros. Les invito colegas a conocer un poco más de esta región, a visitarnos, pero sobre todo, a que estén bien informados de los acontecimientos de este lugar.