martes, 9 de noviembre de 2010

¿Hacia el fascismo o la dictadura?



El posicionamiento de la derecha en el país va de la mano con la transición del antiguo régimen de partido de Estado, o “la dictadura perfecta”, como alguna vez se refirió Mario Vargas Llosa al gobierno del PRI, hacia un neoliberalismo multipartidista de empresarios venidos a políticos o viceversa. El resultado está a la vista de todos y todas: polarización social, empobrecimiento, corrupción, atraso del país y una sanguinaria inseguridad pública. Por esta vía, ¿hacia dónde se encamina el país?

Con el advenimiento de la derecha neoliberal en el poder es posible notar cambios políticos en el comportamiento del Estado mexicano. No sólo ha quedado de lado el anhelo por la democracia, sino también han vuelto los antiguos fantasmas del pasado (si es que alguna vez se fueron) como el autoritarismo, la censura, la persecución a críticos del sistema, la concentración del poder político en pocas manos, la imposición política sin consulta ciudadana y así. A mucha gente todavía no le queda muy claro el peligro que implica la consolidación de este tipo de regímenes para la estabilidad y el progreso social.

Autoritarismo. El autoritarismo es una práctica política muy enraizada en la cultura mexicana: está en la familia, en el trabajo, en la escuela y reproduce la actitud de tomar decisiones que no sólo no toman en cuenta a la sociedad, sino que muchas veces va incluso en contra de la sociedad. La persona autoritaria no tolera el consenso, mucho menos la libertad ni la igualdad; cuando este autoritarismo es parte de la forma de gobierno del Estado, estamos hablando de una forma de dictadura o fascismo. La dictadura, el monopolio del poder en una sola persona, es la forma más conocida de autoritarismo; en México tenemos varios ejemplos, los más famosos por su duración son el régimen de Porfirio Díaz y el presidencialismo del PRI.

Totalitarismo. El régimen totalitarista es sinónimo de fascismo, esa forma de gobierno nacida en el siglo XX cuya característica fundamental es hacer del Estado y la sociedad un solo cuerpo, o lo que es lo mismo en la práctica, del sometimiento de la sociedad a los dictámenes del “líder” (guía, caudillo, mesías, etcétera) o del partido. En otras palabras, se trata de una dimensión política orientada a la homologación social bajo una misma ideología o creencia donde no hay cabida para las disidencias. Los ejemplos clásicos son los regímenes de Mussolini en Italia, Hitler en Alemania y Franco en España.

Fascismo a la mexicana. Con la llegada del PAN al poder en el 2000 se abren las puertas para que algunos actores políticos provenientes de organizaciones de extrema derecha como El Yunque, grupo que defiende el catolicismo de manera fanática, o el mismo Clero católico, tengan un protagonismo del que no habían gozado por décadas. El propio actuar de Felipe de Jesús Calderón, quien no acepta ni las mínima crítica a su gobierno, es ciertamente un digno representante de la derecha que parece inspirado en el fascismo a la española, más inclinado a someterse a su muy propia interpretación de La Biblia que a la Constitución.

La cuestión a noviembre del 2010, en el preámbulo del centésimo aniversario de la Revolución, el primer gran movimiento social mexicano del siglo XX y el último en cuanto a sus verdaderos alcances actualmente, es precisamente el daño a la población: no se les brinda cobertura médica, no se le ofrece educación de calidad, no se le enseña democracia, no se le garantiza la autonomía alimenticia, pero en cambio se le trata como a un infante que no sabe y necesita además que se le dirija. El colmo de esta forma de pensar clasista y autoritaria es que además la mete en una “guerra” no consensada donde están muriendo miles para “protegerlos(as)” de una situación de drogas que en realidad no era un problema prioritario de la sociedad mexicana, comparado con otros.

La situación de “guerra contra el narco” que enfrenta el país, especialmente en estados como Chihuahua y Tamaulipas o importantes ciudades como Monterrey y Ciudad Juárez, está acelerando el camino hacia un Estado fascista o una dictadura, basta ver cómo llegaron al poder Hitler o Franco. La militarización, la policía bajo un mando único, la limpieza social, la defensa de los “valores” católicos como la familia, o bien el rechazo a los matrimonios gay o el aborto, más el aferramiento al decadente sistema económico neoliberal no indican otra cosa.

Es preciso encender la alarma de hacia dónde se dirige el sistema político mexicano antes que estimular el optimismo, pues éste estaría dependiendo de las cosas que hagamos para garantizar o por lo menos resistir o no perder aquello por lo que nuestros padres, madres y abuelos(as) pelearon para que nosotros disfrutáramos. En la medida que vamos dejando la política en manos de políticos nos estamos arriesgando a perder algo más que un resultado electoral: la libertad está en peligro, tanto o más que nuestras vidas, no lo permitamos.