martes, 8 de diciembre de 2009

el amor en los tiempos de guerra

Felicidades Ciudad Juárez, por tu cumpleaños número 350 (8 de diciembre de1659) de todo corazón te deseo sobrevivas estos tiempos de guerra y cumplas muchos años más.

Dedicado a l@s residentes de Ciudad Juárez.



La película Corazón del tiempo (México-España, 2008) filmada en los territorios autónomos de la Selva Lacandona de Chiapas, es una realización dirigida por Alberto Cortés (no es el cantautor) con la participación de Rocío Barrios, Francisco Jiménez, Marisela Rodríguez, doña Aurelia y Leonardo Rodríguez. La trama se teje alrededor de un triángulo amoroso en una comunidad zapatista, en un ambiente permanente de hostilidad militar y paramilitar, entre carencias y selva, dónde se desarrolla la vida cotidiana con esperanza y dignidad en medio de una guerra silenciosa y lenta.

Es bueno que dentro de nuestra “democracia” la censura permita ya la exhibición de este tipo de películas, aunque se haga de manera marginal en cines comerciales, sin promoción y exhibidas casi a escondidas, como con vergüenza, cosa que no podríamos decir hace apenas pocos años, como bien podrían referirnos realizadores de la talla de Luis Estrada cuando le enlataron La ley de Herodes. A final de cuentas el impacto cuantitativo de este tipo de películas es mínimo comparado con la maquinaria enajenadora de Hollywood, pero el impacto cualitativo es mucho más poderoso a largo plazo, pues señala un hecho histórico, vivo y real.

Corazón del tiempo nos evidencia el camino por el que ha optado el Estado mexicano, sin buscar otras salidas, soluciones, más que la violencia estatal. El primero de enero de 1994, cuando estalló la rebelión en Chiapas, para mucha gente en el norte de México, la noticia parecía venir de otro planeta; era casi imposible identificarse desde la frontera norte, individualista, industrial y pro gringa, con la realidad chiapaneca comunitaria, rural e indígena. Hoy esa realidad nos alcanza y supera, el pasamontañas que conocemos en Chihuahua no es el zapatista, sino el policiaco, pefepo y militar, donde Ciudad Juárez es una ciudad ocupada y abusada militar y paramilitarmente desde hace dos años.

De las muchas cosas deleitables de la película, uno es su lenguaje directo: ahí no se habla de vivir para la “paz”, ese valor abstracto alabado por la derecha como un anhelo a seguir, sino de identificar quién o quiénes son los que rompen la armonía de la paz; ahí se dicen las cosas por su nombre: los militares son hostiles y el gobierno tolera a los grupos paramilitares priístas (sí, de esos que dice Giovanni Sartori que son un partido “civilizado”) ahí todas y cada una de las personas tienen un compromiso individual y común, como una sociedad anónima, y saben lo que tienen qué hacer, pues no dependen de nadie más; la autogestión y las ganas de vivir libremente, no son una utopía, sino una lucha diaria por la supervivencia.

La trama de Corazón del tiempo no es la historia de “amor puro” de pareja que sobrevive todos los obstáculos, tema largamente utilizado por las telenovelas mexicanas para seguir envenenando a un público poco exigente; más bien es un referente al amor inteligente, al papel que juega la sociedad cuando las normas son transgredidas en una cultura tradicional y comunitaria, cuando se enfrenta a nuevas corrientes del pensamiento: Sonia es comunera y está “pedida” para casarse con Miguel, otro compañero, pero está enamorada de Julio, un guerrillero zapatista. A final de cuentas Sonia tendrá que decidir su futuro entre la tradición patriarcal y su corazón, pero no a espaldas del pueblo, sino de frente y en comunidad, asumiendo su derecho a decidir, como ha aprendido en estos tiempos de cambios.

La historia en sí atraviesa la situación particular de los tres personajes; en realidad es el pretexto para mostrar otro tipo de amor: el amor comunitario, algo tan ajeno a las circunstancias de la trampa de vida acelerada y egoísta que ofrece la posmodernidad no comprometida y la globalización neoliberal. Es muy clara en la película la postura pacífica de las comunidades zapatistas, a pesar de las constantes provocaciones “de fuera”. En el film no hay protagonistas, sino es la comunidad misma: sus viejas, sus niños, sus hombres y mujeres, sus animales, sus tierras. Si existe el amor, no hay que limitarlo al mero amor de pareja o sexual, sino, como sugiere Corazón del tiempo, descubrirlo en el amor fraterno, comunitario, amistoso; por la tierra, por la dignidad de vida, por la alegría de vivir.

El domingo 6 de diciembre Ciudad Juárez salió a manifestarse contra la violencia y a favor de la paz. Todavía la ciudadanía no alcanza la madurez sociológica que requieren las circunstancias, porque estamos solos contra el Estado, al igual que los compas zapatistas, pero ya existe el valor cívico para hacerlo y eso se celebra. La sociedad juarense empieza a entender que la paz no se esfuma así nomás, sino que tiene responsables con nombres y apellidos, mas todavía no entiende el peligro de la militarización; no distingue entre el solicitar y el exigir a un gobierno que es parte del problema antes de hacerse su partner; y no menos importante, que todavía no nos conocemos, por eso no podemos hablar de una comunidad juarense, menos de unidad, nuestro amor no llega a tanto.

Mientras el Plan Mérida, los Operativos conjuntos, el lavado de dinero, la penalización de las “drogas”, sigan siendo el pretexto de esta guerra no convencional, ni aun pidiendo la cabeza de Calderón y su gabinete será suficiente para detener el desgaste. Se trata más bien de generar modelos económicos y societales alternativos, como ya ocurre en aquellas sociedades donde la democracia participativa y las comunidades autónomas son ejemplos vivos de convivencia pacífica y exitosa.

De todas las cosas buenas de Corazón del tiempo, me quedo con el amor inmortal de la esperanza.

¡Juárez, Juárez no es cuartel, fuera ejército de él!