lunes, 12 de octubre de 2009

Ensayo sobre las posibilidades emancipatorias de Octubre para México


Tonatiuh´s tongue
Carlos Murillo G.


El camino de la libertad se teje en el corredor que va de septiembre a noviembre. Septiembre inicia el mito de la independencia, su destino a alcanzar, la chispa de ignición, de fuego, no en balde se celebra el inicio y no la culminación de la Independencia.  Noviembre en cambio es la meta indicada, el objetivo anhelado, pero no alcanzado, la revolución que no tuvo fin, traicionada y deformada, atrasada.  ¿Y octubre, qué papel juega octubre en el otoño de los cambios?

En el corredor otoñal hay un inicio y un fin, el inicio es claro: no está consumada la independencia; pero el fin es brumoso y la meta inalcanzada: no se ha cumplido el objetivo, u los objetivos (ideales) de todas las luchas de emancipación por lo tanto, está pendiente la conclusión. Si atisbamos a una metodología dialéctica para comprender la situación, vemos cómo la antítesis no ha generado la suficiente fuerza de cambio para hacer posible una síntesis favorable o más positiva a la sociedad mexicana, principal actor afectado, preocupado e interesado en encontrar salidas exitosas a una lucha que ya lleva dos siglos (o cinco, si lo vemos desde la perspectiva indígena latinoamericana).

Si tomamos octubre como un punto clave del proceso dialéctico de liberación, a manera de un ejercicio de imaginación a escala, notamos que el mes alberga también sus simbolismos emancipatorios: el 2 y el 12 son muestra clara de ello. Es decir, viejas luchas y nuevas luchas se conjugan, no hay interrupción, sino una continuidad de la realidad hostil de una lucha sin concluir que va involucrando, como el presente, recordatorios de aquello que se pretende olvidado (el exterminio racista y la explotación económica) con nuevos actos de barbarie disfrazados de democracia, modernidad, religión, legalidad…

Octubre también nos ofrece proesas históricas, como la del pueblo ruso contra el régimen zarista, que trajo además consigo el primer gobierno socialista del planeta, o la ya célebre defensa de Miguel de Unamuno contra los fascistas españoles, al inicio de la guerra civil. Por que si bien se trata de revolucionar la vida de la sociedad, de aspirar a generar conciencia para ésta y las generaciones venideras, es también una lucha defensiva para no regresar a pasados oscuros, represivos, atrasados que ha conocido la humanidad y que siempre están al acecho. No podemos aspirar a ser mejores humanos si no renunciamos a la vez a las contradicciones que nos hacen complicarnos la existencia, comenzando con la explotación (económica) del hombre por el hombre y para trascender el homo omini lupus hobbiano de la justificación estatal.

Tendemos a pensar en periodos de tiempo muy cortos para explicarnos o querer resolver muchas o todas las graves situaciones presentes, los grandes problemas de la humanidad o de la época, reducidos inconscientemente al promedio de una vida humana, insuficiente para hacer cálculos a mayor escala. Esto significa querer hacer o resolver todo durante la existencia, de ahí a veces el desaliento de años de lucha sin aparentes resultados, del retorno de viejos actores corruptos o del nacimiento de nuevos vicios enajenantes, que parecen decirnos que es inútil esforzarse por un mundo mejor (como la visión derrotista y despolitizada de muchos posmodernos en la interpretación crítica de los metarrelatos) pero esto no se acaba hasta que se acaba.

La dialéctica política del Estado moderno empuja hacia dos direcciones: una centrada en el poder personal o elitista, hacia donde apunta la derecha, el fascismo, la iglesia, el capitalismo en general, el poder conservador; y otra que se inclina hacia la emancipación revolucionaria, a nuevas formas de organización social y de convivencia, de corte horizontal en lo político y equitativo en lo económico. La dialéctica sociológica a su vez empuja en otra dirección: nuevas formas de socialización, estrategias de regulación del poder y participación pública, el mestizaje de ideas, realidades y transformaciones de carácter institucional y así.

Reiterando: octubre es un punto clave para la realización de la dialéctica de liberación que necesita el país; si resolvemos octubre, probablemente el desenlace teleológico de noviembre será el esperado. Octubre parece decirnos, recordarnos el gran agravio de los viejos regímenes monárquicos, ahora transformados en civiles, pero igual de nocivos, ignorantes e insensibles ante dos grupos largamente marginales: las y los jóvenes y las y los indígenas. La juventud vive actualmente bajo continuo shock tecnológico, incapaz aparentemente de retomar una posición política como hace una generación; están de alguna manera inmovilizados ideológica y espiritualmente (en el sentido ontológico) como viejos en piel de joven, más cercanos a la muerte que a la vida creativa. El indigenismo en cambio ha tenido un agigantamiento a partir de la última década del siglo XX, justo a raíz de la conmemoración del descubrimiento (conquista) de América, con presencia prácticamente desde Alaska hasta la Patagonia con actores relevantes como Evo Morales y Rigoberta Menchú o movimientos de alto impacto social e internacional como el EZLN, por citar sólo algunos ejemplos; ¿podrá la sociedad mexicana hacer una síntesis indígena y juvenil?