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martes, 29 de marzo de 2011

La leva

Kill´em all

Metallica

La falta de imaginación gubernamental parece emparentada con la falta de oportunidades en la población joven: son problemas enormes. Estamos viviendo una etapa ya larga de la derecha en el poder; una derecha autoritaria, arbitraria, sin imaginación pero con mucha mano dura a problemas que no sabe cómo resolver. La tendencia hacia encontrar respuestas en la militarización es volver a confrontar al gobierno con la sociedad y desviar su atención.

El camino de la militarización sigue en marcha, lo cual es mal augurio para la sociedad. La falta de preparatorias, universidades, centros culturales, instalaciones deportivas, trabajos bien remunerados, en fin, todo lo que significa para la juventud el desarrollo para sí, la sociedad y el país, se reduce a la simplona idea de meter en cintura a quienes frente a esta realidad juvenil de décadas, no son vistos como “productivos” por el mismo sistema que los margina, que trunca esas posibilidades.

Para los gobiernos de derecha es más fácil siempre la respuesta dura ante una realidad que le es hostil porque enseña sus carencias. Gustavo Díaz Ordaz hizo uso del ejército para reprimir al movimiento estudiantil de 1968, cuyo sangriento escenario del 2 de octubre en la plaza de Tlatelolco se convirtió en símbolo de las luchas estudiantiles, juveniles y progresistas. La actual situación de violencia, inseguridad y desempleo no son causa generada desde la juventud, aunque sí sean los principales protagonistas víctimas de la “guerra” contra el narco.

La cultura de las armas, de la violencia y de las guerras se nutre de la conciencia de las personas haciéndolas partícipes de eventos contrarios al desarrollo humano. Las sociedades guerreras consumen sus esfuerzos en hacer uso de su fuerza (como bien nos pueden decir Muamar Kadafi o Barak Obama) en vez de invertir en su gente. La cultura de las drogas, por otra parte, tiende a enajenar a las personas hacia el placer inmediato y el escape fugaz, distorsionando la realidad. Ambas superestructuras (la guerra y la droga) además obedecen a intereses de lucro económico, por eso son un gran peligro.

El gobernador de Chihuahua, César Duarte, ha dado un paso hacia atrás con su propuesta de servicio militar de tres años con pago a una situación complicada que merece mucho más que una propuesta inmediata opcional y por lo visto, sin una buena argumentación, para encausar a una generación de jóvenes ciertamente vulnerable y proclive a caer en los tentadores tentáculos del dinero fácil de la delincuencia, pero cuyo destino merece más, mucho más que una formación militar. Estamos otra vez en la circunstancia de criminalizar a la sociedad (en este caso a la juventud) de prejuzgarla desde el gobierno como un problema y no como un resultado de la desatención y corrupción gubernamental.

El problema de la inseguridad es un problema político, por lo tanto es en este ámbito donde se encuentra la solución. Aun si la iniciativa duartista tiene éxito, en el remoto supuesto de que fuera aprobada, es una respuesta sin solución, pues la realidad del sistema político-económico de pocas oportunidades y enajenación cultural es el responsable de la situación de precariedad de las y los jóvenes. Es tan absurdo como el discurso católico que señala y condena a la madre soltera, pero ni siquiera menciona al hombre que la embaraza, al padre irresponsable.

Las y los jóvenes saben o se imaginan cómo es el mundo adulto, despectivo y mentiroso; saben de la marginación de que son objeto por el solo hecho de ser jóvenes; saben también de las promesas de campaña, de la falta de compromiso del gobierno con ellos (as) donde son usados y no pasan del nivel del discurso. Obviamente y por lo mismo, ningún joven ha sido consultado sobre la decisión del gobierno de Chihuahua para apuntalar su destino hacia las armas. Claro que los ninis de clase media y alta estarán exentos de dicho destino, que está pensado para la juventud de estratos más pobres; para los juniors, de seguir por esa vía (no estudiar ni trabajar) estarían en el camino de ser políticos de carrera.

La leva viene a levantar el fracaso del Estado con su ciudadanía joven, aquella carente de guía, de buena educación, de oportunidades de realización. El gobierno sigue confrontando a la sociedad con ánimo de someterla a un orden sin progreso, donde las y los jóvenes están creciendo en un ambiente de valores neoliberales como el lucro, el consumismo y la adicción al poder. ¿Ser joven es un peligro? Pareciera si lo vemos desde la óptica de los gobiernos, si están atentos a las manifestaciones que están pasando en el mundo; en este caso sería una respuesta defensiva del gobierno por mantener el sistema a salvo de los vientos de cambio.

Ser joven, sí es un peligro en México y en ciudades como Juárez, ¡pero para los propios(as) jóvenes! pues son el principal grupo víctima de la violencia y de programas de depuración demográfica llamados “guerra contra el narco”.

lunes, 12 de octubre de 2009

Ensayo sobre las posibilidades emancipatorias de Octubre para México


Tonatiuh´s tongue
Carlos Murillo G.


El camino de la libertad se teje en el corredor que va de septiembre a noviembre. Septiembre inicia el mito de la independencia, su destino a alcanzar, la chispa de ignición, de fuego, no en balde se celebra el inicio y no la culminación de la Independencia.  Noviembre en cambio es la meta indicada, el objetivo anhelado, pero no alcanzado, la revolución que no tuvo fin, traicionada y deformada, atrasada.  ¿Y octubre, qué papel juega octubre en el otoño de los cambios?

En el corredor otoñal hay un inicio y un fin, el inicio es claro: no está consumada la independencia; pero el fin es brumoso y la meta inalcanzada: no se ha cumplido el objetivo, u los objetivos (ideales) de todas las luchas de emancipación por lo tanto, está pendiente la conclusión. Si atisbamos a una metodología dialéctica para comprender la situación, vemos cómo la antítesis no ha generado la suficiente fuerza de cambio para hacer posible una síntesis favorable o más positiva a la sociedad mexicana, principal actor afectado, preocupado e interesado en encontrar salidas exitosas a una lucha que ya lleva dos siglos (o cinco, si lo vemos desde la perspectiva indígena latinoamericana).

Si tomamos octubre como un punto clave del proceso dialéctico de liberación, a manera de un ejercicio de imaginación a escala, notamos que el mes alberga también sus simbolismos emancipatorios: el 2 y el 12 son muestra clara de ello. Es decir, viejas luchas y nuevas luchas se conjugan, no hay interrupción, sino una continuidad de la realidad hostil de una lucha sin concluir que va involucrando, como el presente, recordatorios de aquello que se pretende olvidado (el exterminio racista y la explotación económica) con nuevos actos de barbarie disfrazados de democracia, modernidad, religión, legalidad…

Octubre también nos ofrece proesas históricas, como la del pueblo ruso contra el régimen zarista, que trajo además consigo el primer gobierno socialista del planeta, o la ya célebre defensa de Miguel de Unamuno contra los fascistas españoles, al inicio de la guerra civil. Por que si bien se trata de revolucionar la vida de la sociedad, de aspirar a generar conciencia para ésta y las generaciones venideras, es también una lucha defensiva para no regresar a pasados oscuros, represivos, atrasados que ha conocido la humanidad y que siempre están al acecho. No podemos aspirar a ser mejores humanos si no renunciamos a la vez a las contradicciones que nos hacen complicarnos la existencia, comenzando con la explotación (económica) del hombre por el hombre y para trascender el homo omini lupus hobbiano de la justificación estatal.

Tendemos a pensar en periodos de tiempo muy cortos para explicarnos o querer resolver muchas o todas las graves situaciones presentes, los grandes problemas de la humanidad o de la época, reducidos inconscientemente al promedio de una vida humana, insuficiente para hacer cálculos a mayor escala. Esto significa querer hacer o resolver todo durante la existencia, de ahí a veces el desaliento de años de lucha sin aparentes resultados, del retorno de viejos actores corruptos o del nacimiento de nuevos vicios enajenantes, que parecen decirnos que es inútil esforzarse por un mundo mejor (como la visión derrotista y despolitizada de muchos posmodernos en la interpretación crítica de los metarrelatos) pero esto no se acaba hasta que se acaba.

La dialéctica política del Estado moderno empuja hacia dos direcciones: una centrada en el poder personal o elitista, hacia donde apunta la derecha, el fascismo, la iglesia, el capitalismo en general, el poder conservador; y otra que se inclina hacia la emancipación revolucionaria, a nuevas formas de organización social y de convivencia, de corte horizontal en lo político y equitativo en lo económico. La dialéctica sociológica a su vez empuja en otra dirección: nuevas formas de socialización, estrategias de regulación del poder y participación pública, el mestizaje de ideas, realidades y transformaciones de carácter institucional y así.

Reiterando: octubre es un punto clave para la realización de la dialéctica de liberación que necesita el país; si resolvemos octubre, probablemente el desenlace teleológico de noviembre será el esperado. Octubre parece decirnos, recordarnos el gran agravio de los viejos regímenes monárquicos, ahora transformados en civiles, pero igual de nocivos, ignorantes e insensibles ante dos grupos largamente marginales: las y los jóvenes y las y los indígenas. La juventud vive actualmente bajo continuo shock tecnológico, incapaz aparentemente de retomar una posición política como hace una generación; están de alguna manera inmovilizados ideológica y espiritualmente (en el sentido ontológico) como viejos en piel de joven, más cercanos a la muerte que a la vida creativa. El indigenismo en cambio ha tenido un agigantamiento a partir de la última década del siglo XX, justo a raíz de la conmemoración del descubrimiento (conquista) de América, con presencia prácticamente desde Alaska hasta la Patagonia con actores relevantes como Evo Morales y Rigoberta Menchú o movimientos de alto impacto social e internacional como el EZLN, por citar sólo algunos ejemplos; ¿podrá la sociedad mexicana hacer una síntesis indígena y juvenil?    

viernes, 2 de octubre de 2009

Recordando el 2 de octubre (publicado en Arrobajuarez en 2008)

La revolución de octubre


Dedicada especialmente para tod@s l@s jóvenes de edad y de espíritu.

Carlos Murillo G.



Hace cuarenta años, el 2 de octubre de 1968, un acontecimiento sangriento marcó a una generación de jóvenes mexicanos que vieron sus ideales de justicia emboscados en las tramas de la violencia gubernamental, violencia de Estado. La Plaza de las Tres Culturas, en Tlatelolco, Ciudad de México, fue la sede que acogió a miles de personas, principalmente estudiantes, para celebrar uno de tantos mítines políticos para protestar contra el autoritario Estado Mexicano y exigir cambios necesarios para la sociedad; la fecha y el lugar también fueron escogidos por el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz para ordenar su masacre con balas del ejército.

El movimiento estudiantil del 68, como se conoce histórica y mundialmente, fue un movimiento masivo que se dio en muchas universidades, sobre todo europeas y americanas, para luego extenderse hacia la sociedad y cuyos principales protagonistas fueron jóvenes. Contextualmente se desarrolla en pleno apogeo de la Guerra Fría, tanto en países capitalistas y socialistas, en la era de las guerras ideológicas como la de Vietnam, cuando todavía se libraban guerras de independencia. Los años sesenta y buena parte de los setenta, se caracterizan por la aparición de los nuevos movimientos sociales, llamados así por la novedad y heterogeneidad de sus demandas, como paz, libertad, libertad sexual, derechos humanos, etcétera y que hoy son los padres o abuelos de los contemporáneos movimientos ecológicos, gay, por los derechos de la mujer, etcétera.

La juventud aparece en el siglo XX como un destacado actor social y político capaz de confrontar el poder y generar cambios sociales. Ya desde principios de siglo, en países de tradición islámica, como Turquía y Egipto, dejaron notar su presencia e influyeron en cambios radicales para sus sociedades. A mediados de siglo, el arte, principalmente la música, sería la vía de expresión política de la generación de la posguerra, teniendo al rock and roll y los Beatles como emblemas. El rebelde sin causa de los suburbios norteamericanos de los cincuenta se convierte rápidamente en el rebelde con causa de los sesenta y el modelo inspira a millones de jóvenes en el mundo, desde la Primavera de Praga, en Checoslovaquia, hasta el Consejo Nacional de Huelga mexicano, pasando por la universidad Kent State y el movimiento hippie (EUA) y las revueltas estudiantiles de mayo de los anarquistas franceses en Paris.

Hoy parece lejana la fecha y la causa; pocos de los y las entusiastas jóvenes sesentayocheros de México y el mundo persistieron en sus ideales, cooptados por los encantos del sistema político-económico (democracia capitalista neoliberal) al que decían aborrecer y buscaban terminar, en esta era donde la juventud contemporánea parece más interesada en los placeres tecnológicos que en la justicia social. Sin embargo su legado se mantiene vivo, invencible, vigente, como temían los poderosos de entonces, quienes no pudieron ―ni pueden― acabar con los movimientos de emancipación cuando las causas que las generan siguen ahí, generando conflictos y problemas.

La realidad actual, por ejemplo aquí, en Ciudad Juárez, dispone de escenarios similares a los de hace cuarenta años: la democracia es sólo electoral y no de calidad de vida; pese a los cambios, el Estado sigue siendo un ente autoritario que no quiere escuchar ni ver a la sociedad mexicana, mucho menos aceptar críticas; el ejército en las calles criminalizando, desapareciendo y atemorizando a la sociedad so pretexto de la guerra contra el narco; los medios de comunicación en general y la televisión en particular, ocultando, desinformando y despolitizando a la sociedad con programas chatarras y amarillismo, y así. Cierto, ha habido cambios en estos cuarenta años, pero ni son los necesarios, ni hay garantía de mantener los existentes cuando todos los días se pisotea la Constitución, con el visto bueno, por cierto, de los jueces y las asociaciones de abogados.

Septiembre es el mes de una independencia fallida, cuya evidencia la vemos cotidianamente en el entreguismo del Estado mexicano a los intereses norteamericanos, pero sobre todo, en esa realidad donde coexisten el racismo étnico hacia el indígena, el lugar de origen o el color de piel y el racismo de clase, que prolonga la pobreza con fines políticos, en el marco de un régimen político económico sin pies ni cabeza, mala copia e imposición de la democracia capitalista para los ricos, al estilo Estados Unidos.


Octubre debe convertirse, dialécticamente hablando, en la contradicción de septiembre, por lo menos en el imaginario político de la sociedad. Si septiembre nos recuerda una independencia todavía pendiente, octubre puede ser, es, el rugir de la esperanza, la energía juvenil desencadenada hacia una dialéctica positiva, cuyo estruendo anime a la sociedad a desear y lograr cambios para sí misma. En estos tiempos coléricos se requiere la valentía y creatividad juvenil para empujar hacia el ideal sesentayochero de justicia social con amor y paz.